segunda-feira, 21 de janeiro de 2013

Educando com Rudolf Steiner

Amigos,
Venho mergulhando cada vez mais neste mundo da "educaçao" por crer que o meu crescimento pessoal/aprendizado está diretamente relacionado com o aprendizado, a formaçao dos meus filhos. E a minha responsabilidade para com eles urge que acelere meu aprendizado.
Todos somos "maestros" de todos, somos maestros de nós mesmos, de nossos filhos... e nossos filhos sao os nossos maiores maestros!

Deixo aqui um extrato do livro de Rudolf Steiner (Educacion segun Antroposofia) onde ele entende o homem como corpo, alma e espiritu. E divide a educaçao em 3 etapas;
1ª Etapa/primeira infância(primeira dentiçao); aqui predomina o aprendizado pela imitaçao/exemplo e uma relaçao muito cercana com o seu professor/heróe
2ª Etapa/segunda infância(câmbio de dentiçao); etapa onde se deve trabalhar a autoridade e cultivar a memória da criança através de parábolas, das artes, descobrir o mundo com fantasia e sem julgamentos.
3ª etapa/entrada da puberdade: Só aqui o "conhecimento" do maestro adquire importância real a "educaçao que instrue"...


Ai está;


"¿en qué forma he de traspasar al niño lo que yo he aprendido? ¿Es suficiente enseñárselo tal como

yo lo aprendí? No; no es suficiente. Al decir esto, afirmo un hecho empírico, pero

un hecho empírico que se manifiesta solamente si en verdad observamos al hombre

según cuerpo, alma y espíritu y, además, a través de toda la vida. Una observación

de esta especie conduce a reconocer que, en la primera época de la vida, desde el

nacimiento hasta la segunda dentición, lo que he aprendido no tiene significado

alguno para la educación y enseñanza que imparto al niño. Lo decisivo es la relación

mutua entre maestro y niño, que he ilustrado con el estudio de los temperamentos.

En ese período, es de la mayor importancia lo que yo soy como hombre: qué

impresiones recibe el niño gracias a mí, y si soy digno de imitación. En verdad,

precisamente para esta época de la vida, ciertas culturas pasadas que no hablaban

todavía de pedagogía, sino que simplemente hacían pedagogía de un modo

elemental y primitivo, pensaban más sanamente de lo que pensamos ahora. Me

refiero a culturas como las que existían en tiempos antiguos en ciertos países de

Oriente, donde todavía no actuaba el que llamamos pedagogo en la aceptación

moderna de la palabra, sino el hombre como tal, el hombre con lo que era su

carácter física, anímica y espiritualmente; el que estaba simplemente junto al niño,

de modo que este podía amoldarse a él, contraer involuntariamente un músculo

cuando el adulto lo contraía, parpadear cuando el adulto parpadeaba. Pero ese

hombre se entrenaba para que en todos los detalles el niño pudiera imitarle: no era el

pedagogo occidental, sino el data oriental (1). Y es que ahí todavía existía algo

instintivo. Pero también podemos verlo hoy: para el niño, antes de la segunda

dentición, no tiene significado alguno lo que he aprendido para enseñar; sólo cobra

importancia después de la segunda dentición, pero la pierde si lo transmito al niño

tal como lo llevo en mí. Debo transformarlo artísticamente, transponerlo todo en

imágenes, como veremos más adelante. Debo despertar fuerzas imponderables entre

el niño y yo. Para la segunda época de la vida, la que se desarrolla desde la segunda

dentición hasta la pubertad, el que yo pueda transformar en imágenes expresivas, en

formación viviente, lo que desarrolle en presencia del niño para que se introduzca en

él poco a poco como si fuera por resonancia, es más importante que todo lo que yo

he aprendido, más importante que todo lo que tengo en mi cabeza.



Es tan sólo después de la pubertad, continuando hasta principios del tercer decenio de la vida,

cuando adquiere importancia lo que el maestro ha aprendido. Para la educación del

niño, lo más importante es el hombre capaz de identificarse con una estructura

artística de la vida; y sólo a partir de los catorce o quince años, el adolescente

reclama, en la instrucción que educa y en la educación que instruye, lo que el

maestro ha aprendido. Esto dura aproximadamente hasta algo más allá de los 20 ó

21 años, cuando el adolescente ha llegado a la edad adulta, es decir, cuando el

hombre de veinte años se halla ya en plan de igualdad ante otro hombre, aunque éste

sea mayor. Lo expuesto nos permite dirigir la mirada hacia las profundidades de la

entidad humana y darnos cuenta, contrario a lo que se ha creído a menudo, de que el

futuro maestro no se conoce por el hecho de haber pasado por la Escuela Normal y

haber comprobado sus conocimientos por examen. Eso nos daría sólo la garantía de

que el candidato debe explicar lo que ha aprendido, de forma adecuada, para la edad

que va de los catorce o quince a los veinte años. Para edades anteriores no tiene

valor alguno lo que el maestro pueda exhibir, en cuyas etapas la calidad debe

evaluarse con sujeción a normas totalmente distintas. Así pues; nos encontramos

con que el problema básico de la pedagogía y de la didáctica es la persona del

maestro: lo que vive en el maestro por el mero hecho de encontrarse ante el niño con

su naturaleza humana bien definida, con su temperamento, carácter y constitución

anímica bien determinados, es lo que realmente debe vivir en un grupo de niños y,

en constante vibración, debe introducirse hasta su corazón, sus impulsos volitivos y

finalmente su entendimiento. Sólo en segundo término cuentan los conocimientos

del hombre, en su sentido más amplio, puede servir de base para concebir una

verdadera metodología de la enseñanza y las condiciones vitales de la educación."

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