Amigos,
Venho mergulhando cada vez mais neste mundo da "educaçao" por crer que o meu crescimento pessoal/aprendizado está diretamente relacionado com o aprendizado, a formaçao dos meus filhos. E a minha responsabilidade para com eles urge que acelere meu aprendizado.
Todos somos "maestros" de todos, somos maestros de nós mesmos, de nossos filhos... e nossos filhos sao os nossos maiores maestros!
Deixo aqui um extrato do livro de Rudolf Steiner (Educacion segun Antroposofia) onde ele entende o homem como corpo, alma e espiritu. E divide a educaçao em 3 etapas;
1ª Etapa/primeira infância(primeira dentiçao); aqui predomina o aprendizado pela imitaçao/exemplo e uma relaçao muito cercana com o seu professor/heróe
2ª Etapa/segunda infância(câmbio de dentiçao); etapa onde se deve trabalhar a autoridade e cultivar a memória da criança através de parábolas, das artes, descobrir o mundo com fantasia e sem julgamentos.
3ª etapa/entrada da puberdade: Só aqui o "conhecimento" do maestro adquire importância real a "educaçao que instrue"...
Ai está;
"¿en qué forma he de traspasar al niño lo que yo he aprendido? ¿Es suficiente enseñárselo tal como
yo lo aprendí? No; no es suficiente. Al decir esto, afirmo un hecho empírico, pero
un hecho empírico que se manifiesta solamente si en verdad observamos al hombre
según cuerpo, alma y espíritu y, además, a través de toda la vida. Una observación
de esta especie conduce a reconocer que, en la primera época de la vida, desde el
nacimiento hasta la segunda dentición, lo que he aprendido no tiene significado
alguno para la educación y enseñanza que imparto al niño. Lo decisivo es la relación
mutua entre maestro y niño, que he ilustrado con el estudio de los temperamentos.
En ese período, es de la mayor importancia lo que yo soy como hombre: qué
impresiones recibe el niño gracias a mí, y si soy digno de imitación. En verdad,
precisamente para esta época de la vida, ciertas culturas pasadas que no hablaban
todavía de pedagogía, sino que simplemente hacían pedagogía de un modo
elemental y primitivo, pensaban más sanamente de lo que pensamos ahora. Me
refiero a culturas como las que existían en tiempos antiguos en ciertos países de
Oriente, donde todavía no actuaba el que llamamos pedagogo en la aceptación
moderna de la palabra, sino el hombre como tal, el hombre con lo que era su
carácter física, anímica y espiritualmente; el que estaba simplemente junto al niño,
de modo que este podía amoldarse a él, contraer involuntariamente un músculo
cuando el adulto lo contraía, parpadear cuando el adulto parpadeaba. Pero ese
hombre se entrenaba para que en todos los detalles el niño pudiera imitarle: no era el
pedagogo occidental, sino el data oriental (1). Y es que ahí todavía existía algo
instintivo. Pero también podemos verlo hoy: para el niño, antes de la segunda
dentición, no tiene significado alguno lo que he aprendido para enseñar; sólo cobra
importancia después de la segunda dentición, pero la pierde si lo transmito al niño
tal como lo llevo en mí. Debo transformarlo artísticamente, transponerlo todo en
imágenes, como veremos más adelante. Debo despertar fuerzas imponderables entre
el niño y yo. Para la segunda época de la vida, la que se desarrolla desde la segunda
dentición hasta la pubertad, el que yo pueda transformar en imágenes expresivas, en
formación viviente, lo que desarrolle en presencia del niño para que se introduzca en
él poco a poco como si fuera por resonancia, es más importante que todo lo que yo
he aprendido, más importante que todo lo que tengo en mi cabeza.
Es tan sólo después de la pubertad, continuando hasta principios del tercer decenio de la vida,
cuando adquiere importancia lo que el maestro ha aprendido. Para la educación del
niño, lo más importante es el hombre capaz de identificarse con una estructura
artística de la vida; y sólo a partir de los catorce o quince años, el adolescente
reclama, en la instrucción que educa y en la educación que instruye, lo que el
maestro ha aprendido. Esto dura aproximadamente hasta algo más allá de los 20 ó
21 años, cuando el adolescente ha llegado a la edad adulta, es decir, cuando el
hombre de veinte años se halla ya en plan de igualdad ante otro hombre, aunque éste
sea mayor. Lo expuesto nos permite dirigir la mirada hacia las profundidades de la
entidad humana y darnos cuenta, contrario a lo que se ha creído a menudo, de que el
futuro maestro no se conoce por el hecho de haber pasado por la Escuela Normal y
haber comprobado sus conocimientos por examen. Eso nos daría sólo la garantía de
que el candidato debe explicar lo que ha aprendido, de forma adecuada, para la edad
que va de los catorce o quince a los veinte años. Para edades anteriores no tiene
valor alguno lo que el maestro pueda exhibir, en cuyas etapas la calidad debe
evaluarse con sujeción a normas totalmente distintas. Así pues; nos encontramos
con que el problema básico de la pedagogía y de la didáctica es la persona del
maestro: lo que vive en el maestro por el mero hecho de encontrarse ante el niño con
su naturaleza humana bien definida, con su temperamento, carácter y constitución
anímica bien determinados, es lo que realmente debe vivir en un grupo de niños y,
en constante vibración, debe introducirse hasta su corazón, sus impulsos volitivos y
finalmente su entendimiento. Sólo en segundo término cuentan los conocimientos
del hombre, en su sentido más amplio, puede servir de base para concebir una
verdadera metodología de la enseñanza y las condiciones vitales de la educación."
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